La crisis en Venezuela se agrava mientras la estrategia política de Estados Unidos bajo la administración Trump avanza a un ritmo que no coincide con la urgencia de la gente común. Aunque existe una hoja de ruta diseñada por Marco Rubio y en ejecución, la paciencia de los venezolanos comienza a agotarse.
El pueblo, especialmente en Bolívar, agradece la captura del líder Nicolás Maduro y sus aliados, pero la escasez de alimentos y la crisis económica continúan. La inflación sigue en alza y los cambios económicos impulsados desde EE.UU., con la energía como eje, no generarán mejoras sociales inmediatas. Esto alimenta el descontento y el riesgo de protestas masivas.
Recientemente, gremios y sindicatos lograron superar bloqueos policiales y llegaron a la Asamblea Nacional, mostrando una capacidad creciente para desafiar al régimen. En Táchira, también se registraron marchas hacia instituciones clave. Estas movilizaciones, que se esperan se repitan, reflejan un ambiente de tensión que podría desbordarse si no se ajustan los tiempos políticos.
Un tema pendiente es la permanencia de figuras clave del régimen, como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, quienes representan el control de la violencia y la represión. La continuidad de estos líderes genera dudas sobre la flexibilidad del plan estadounidense para evitar un colapso desordenado.
El propio Donald Trump ha ordenado que su secretario de Guerra, Pete Hegseth, se incorpore a la supervisión del gobierno interino de Delcy Rodríguez, sumando un componente militar a la estrategia que ya controla Marco Rubio. Esto indica un ajuste en la política para enfrentar la compleja realidad venezolana.
En resumen, la situación social y económica, junto con la creciente movilización ciudadana, exigen una revisión y aceleración de la hoja de ruta planteada por la administración Trump para Venezuela, antes que la tensión derive en un escenario incontrolable.
Información basada en reportes publicados por EL NACIONAL. Fuente original

