En el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén se encuentra la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los santuarios más importantes para el cristianismo. Este templo, que data del siglo IV, es reconocido por albergar la tumba donde fue sepultado Jesús tras su crucifixión y donde permaneció hasta su resurrección.
La iglesia ha soportado numerosas pruebas a lo largo de los siglos, incluyendo invasiones, incendios y destrucciones parciales que obligaron a su reconstrucción en al menos cuatro ocasiones. Sin embargo, siempre ha sido restaurada para mantener su relevancia espiritual y cultural.
Su origen se remonta a la búsqueda de Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien en su viaje a Tierra Santa localizó la cueva que el emperador Adriano había cubierto para eliminar cualquier vestigio de Jesús. Sobre ese sitio, que también fue ocupado por un templo pagano dedicado a Júpiter y Afrodita, se levantó la iglesia actual por orden de Constantino en el año 326.
La arquitectura actual corresponde mayormente al estilo de los cruzados, con excepción de la cúpula que fue restaurada tras un incendio en 1808. En el centro del templo se encuentra el Edículo, una estructura de mármol rosado que protege la tumba original de Jesús. Dentro de esta edificación hay dos espacios: la Capilla del Ángel, con un fragmento de la piedra que cerraba la tumba, y la Cámara Sepulcral, donde yace la losa de mármol sobre la que fue colocado el cuerpo de Cristo.
El acceso al Edículo es controlado por un sacerdote, en turnos rotativos, debido a lo reducido del espacio que permite la entrada de solo tres personas a la vez. Otro punto sagrado en la basílica es la Piedra de la Unción, donde se ungió y limpió el cuerpo de Jesús antes de su sepultura.
Esta semana, la iglesia sufrió daños por el impacto de un misil iraní, un recordatorio de la fragilidad que aún enfrenta este símbolo milenario.
Información basada en reportes publicados por El Nacional. Fuente original

