Para quienes siguieron la política venezolana desde dentro, el antiguo Congreso Nacional fue mucho más que un espacio legislativo: fue un foro donde el discurso tenía un valor casi artístico y un papel fundamental en la democracia.
Antes de cada sesión, el murmullo en el hemiciclo anunciaba una atmósfera cargada de expectativa. Diputados, periodistas y estudiantes se reunían para presenciar debates que alcanzaban un nivel literario y de pasión republicana poco común en la política actual.
Antonio Ledezma, quien fue diputado y senador, recuerda aquellos momentos como una edad dorada del verbo parlamentario. Destaca que el debate no era un trámite rutinario, sino un arte cultivado con disciplina e inteligencia. Los oradores se preparaban con la seriedad de un torero antes de salir al ruedo y, al final, podían recibir ovaciones que resonaban en todo el recinto histórico.
Este Parlamento combinaba elementos de academia, ágora griega y teatro clásico, exigiendo a sus integrantes un lenguaje cargado de formación y temple. Un ejemplo emblemático fue Moisés Moleiro, famoso por su sarcasmo afilado y su humor punzante que convertían sus intervenciones en verdaderas sátiras políticas. Moleiro mezclaba teoría marxista, anécdotas populares y referencias literarias para desmontar argumentos técnicos con una precisión quirúrgica.
Su estilo no solo entretenía sino que generaba respeto incluso entre partidos rivales. Mientras Moleiro punzaba con ironía, otros como David Morales Bello destacaban por su elegancia en el discurso jurídico, mostrando la diversidad y riqueza del debate parlamentario de entonces.
Este recuerdo invita a valorar la importancia de la palabra como herramienta esencial en la política y la democracia venezolana, y a reflexionar sobre el nivel de calidad y pasión que caracterizó a aquel Congreso hoy desaparecido.
Información basada en reportes publicados por EL NACIONAL.

