En la historia reciente, México y Centroamérica nunca habían logrado un entorno tan propicio para la estabilidad, seguridad y desarrollo económico como el actual. A principios de los 90, la región enfrentaba conflictos armados y tasas de homicidio entre 11 y 13 por cada 100 mil habitantes. Tras el fin de las guerras en El Salvador y Guatemala, la violencia aumentó dramáticamente, alcanzando niveles alarmantes en varios países, incluyendo México.
Hoy, esta realidad ha dado un giro. La significativa disminución de la violencia en Centroamérica, junto con los avances en México bajo la administración de Claudia Sheinbaum —como la reducción del 30 % de homicidios en 2025 y la captura de líderes criminales como ‘El Mencho’— genera un ambiente de optimismo y abre una oportunidad inédita para la región.
Sin embargo, estos logros no deben generar complacencia ni regresar a políticas que minimicen el combate al crimen, como la lógica de ‘abrazos, no balazos’. La lucha contra el narcotráfico y las economías ilegales será prolongada, compleja y costosa, y debe verse como parte de un esfuerzo histórico para transformar la seguridad y el desarrollo a largo plazo.
México tiene el potencial para liderar esta transformación. Su población, peso económico —entre los mayores del mundo— y su estrecha relación con Estados Unidos le otorgan una posición estratégica en el continente. No obstante, durante años ha ejercido este rol con cautela, a veces con retraimiento, perdiendo oportunidades clave.
Es fundamental reconocer que el combate al narcotráfico no es una agenda externa, sino una respuesta necesaria a un problema que causa daños profundos. Aunque el narcotráfico mueve entre 25 y 35 mil millones de dólares anuales, representa solo entre el 1,2 y 1,8 % de la economía mexicana, que supera los 1,8 billones de dólares. Su impacto es devastador, afectando la imagen internacional, distorsionando mercados, desalentando inversiones, debilitando el turismo, promoviendo la corrupción y forzando grandes gastos públicos para contener el crimen.
Este fenómeno es uno de los mayores obstáculos para el progreso y la proyección global de México. Reconocer esta realidad permite aprovechar la coincidencia de objetivos con Estados Unidos, especialmente bajo la política del presidente Donald Trump, para fortalecer la cooperación en la región.
La fragmentación y las barreras ideológicas han limitado la coordinación regional durante décadas. Solo en tiempos recientes varios gobiernos han admitido que el narcotráfico, las pandillas y las redes criminales representan una amenaza existencial. México tiene la oportunidad de liderar un plan integral de cooperación para Centroamérica basado en el principio de “todos ponen”, no solo para enfrentar la migración y el crimen, sino para impulsar un desarrollo sostenible y seguro.
Información basada en reportes publicados por EL NACIONAL.

